lunes, 19 de noviembre de 2018

BIBLIOTECA BIZARRA, DE EDUARDO HALFON


Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon. Editorial Jeckiyll & Hill.


fotografía de Isabel Mojal


Lo primero que tal vez me atraiga de Eduardo Halfon es la peculiaridad de su origen: un guatemalteco de raíces judías. Ese exílio de su linaje en los trópicos me desconcierta un poco, acostumbrado a imaginar a los de su estirpe en lugares más cosmopolitas, más cerca de ese mundo intelectual y de progreso al que tanto aportaron. 

Tal vez no sea casual y sea precisamente ese un lugar ideal donde pueda pasar desapercibida la maldición que trágicamente acompaña a sus apellidos, vayan donde vayan.

Como es el primer libro que he leído de él no sé cómo situarlo dentro de su obra: hasta qué punto los temas y los personajes que aparecen forman parte de un corpus personal o de un universo propio. Lo único seguro es que eso no ha impedido en absoluto su disfrute, a pesar de que no deje de ser una heterogénea mezcla de texos en apariencia inconexos entre ellos y procedentes de diversos orígenes, desde colaboraciones en revistas hasta aportaciones a obras colectivas de diverso tipo.

Así por ejemplo, Biblioteca bizarra abarca (siempre en pequeños capítulos) un encuentro en Bogotá donde habló de literatura con un grupo de "desechables", nombre dado allí a los indigentes, y donde lejos de sus habituales charlas ante un público leído es él quien recibe lecciones sobre vidas  tan desdichadas como novelescas; o bien de sus apuros y dudas ante el inminente nacimiento de su hijo, ya en los Estados Unidos, bajo la memoria y la poesía de William Carlos Williams que a la sazón traducía, aquel médico poeta que acabó por sacar poesía de mujeres embarazadas o niños abandonados; o bien apuntes biográficos sobre su infancia o sobre sus inicios como escritor en una combulsa Guatemala de la que acabó huyendo.

Probablemente el capítulo que me haya gustado más, fiel a mis gustos librópatas, haya sido el primero de ellos, donde nos expone un amplio catálogo de bibliotecas posibles y en ocasiones improbables, como esa biblioteca donde alguien acabó por escribir, él mismo, los libros inexistentes de autores ficticios que ha legado la historia de la literatura.

Un libro heterogéneo e inclasificable que tal vez (lo ignoro pero tal vez se intuya) sirva para conocer mejor al escritor que está detrás o para entender mejor el resto de su obra, y cuyo único inconveniente destacable sea su brevedad.

lunes, 29 de octubre de 2018

EN LA CIUDAD LÍQUIDA, DE MARTA REBÓN

En la ciudad líquida, de Marta Rebón. Editorial Caballo de Troya.


fotografia de Isabel Mojal

Hay que ir con cuidado con este libro: puede crear la imperiosa necesidad de no dejarlo hasta el final. Conviene postergar de tanto en tanto su lectura, probablemente para rebuscar las referencias biográficas y bibliográficas que se agolpan a cada línea, y que bifurca constantemente su lectura en jardines que invita a explorar.

La excusa inicial de este libro es la experiencia como traductora al ruso de la autora (actualmente una de las más destacadas en la traducción al castellano de esta lengua), oficio al que, como comienza en el libro, llegó casi sin quererlo: "a menudo las cosas funcionan así. Parece que todo conspiara para empujarte en una dirección", pero que le ha permitido una libertad para moverse por el ancho mundo como pocos oficios permiten, y nos recuerda la similitud, nada inocente, que acertó a ver Dovlátov entre los libros y las maletas.

La autora rememora a partir de ahí su periplo por diversos lugares en apariencia ajenos a su trabajo como traductora del ruso: Quito, Tánger, Oporto o Cagliari, entre otros. Tal vez hay en ello algo del trabajo de un traductor, que desde otras lenguas y culturas ha de ser capaz de verter en otra muy diferente lo que alguien escribió en un lugar, en un contexto histórico y en una lengua tan distante.

¿Se puede pensar en el alma eslava ante la vista de volcanes ecuatorianos o de los vientos áridos del Magreb?. Tal vez ese sea el hercúleo trabajo del traductor. Precisamente desde esa distancia se pueda entender mejor el periplo del exílio ruso que vivieron tantos escritores y que continuaron la ingente gesta de su lengua lejos de su país. Muchos de ellos son recordados en las páginas de este libro, ya fueran víctimas de un exilio externo en los parques de Manhattan, o interno ya fuera en un gulag o en alguna dacha, apartados por un sistema al que incomodaban.

Tal vez haya que buscar un protagonista, como en casi todos los libros. Si aquí hay alguno, sería la ciudad de San Petersburgo, a la que se refiere como "la ciudad que aglutina a todas", como un enorme museo al aire libre. Ese sueño de un Zar hecho ciudad, al que vuelve constantemente en estas páginas recorriendo los pasos perdidos de tantos escritores (desde Dostoievski hasta Ajmátova o Brodsky).

Acompañan la lectura una serie de fotografías, donde abunda la soledad y el instante robado con las que, un poco al estilo de Sebald, más que ilustrar la lectura del libro proponen una lectura paralela, personal y tal vez incluso secreta.

Probablemente en esta escueta reseña tan sólo llegue a alcanzar una visión muy superficial de este libro y no sé si habrá sido lo suficientemente convincente para invitar a su lectura: será mejor leerlo y descubrir el entusiasmo que desborda por la literatura.


domingo, 29 de octubre de 2017

MANUAL EXILIO, COMO APROBAR SU EXILIO EN TREINTA Y CINCO LECCIONES, DE VELIBOR COLIC





Foto: Isabel Mojal


Manual de Exilio, como aprobar su exilio en treinta y cinco lecciones, de Velibor Colic, editorial Periférica. Traducción de Laura Salas Rodríguez.

El título ya es muy elocuente, da cuenta del tono con el que está escrito este libro: un cierto humor amargo y la voluntad de no escribir una novela al uso, sino la fragmentariedad a la que le obliga su condición de exiliado.

Ex combatiente de la guerra de Bosnia, con un modesto reconocimiento como escritor en la antigua Yugoslavia de la que finalmente huyó en 1992 tras luchar en el ejército bosnio y ser hecho prisionero, llega a la ciudad francesa de Rennes buscando una nueva vida, donde pasará por esa fría puerta de entrada por la que desfilan todos aquellos exiliados y refugiados de todo el mundo que sueñan con entrar en Occidente.

Los treinta y cinco capítulos son precisamente pequeños frescos de situaciones personales, todas ellas muy gráficas, que se fue encontrando durante todo ese periplo: su relación con las nuevas autoridades, con la burocracia, con otros exiliados del este de Europa con quien comparte penalidades, sus escarceos amorosos, sus tardes perdidas en bares…

“mi vida de exiliado, de refugiado se basa en maneras de pasar el tiempo, como alargar un café el máximo tiempo posible sin ser expulsado de un bar, postergar para el día siguiente el intento de suicidio”.

Y siempre presente un cierto humor amargo y sin rastro de autocompasión. El humor siempre estará presente, al acecho, como una especie de exorcismo ante la realidad, un cinismo salvador ante su soledad.
Colic, como escritor que es, cree en el valor de la literatura, de la cultura, y le decepcionará ver que ese no será salvoconducto con el que esperaba ser aceptado, que su pasado como escritor no cuenta para nada en su idealizada Francia y que tal vez esa Europa donde la cultura es venerada sólo existía en su imaginación.

En realidad, el exilio (como la muerte) iguala a todo el mundo.

Él mismo se retrata sin piedad con sus ínfulas de persona leída ante esa nueva realidad donde su pasado no interesa a nadie, con su obstinación que convertirse en imagen de alguno de esos otros escritores que también fueron exiliados (Gombrowitz, Solzhenitzyn…).

A pesar de ello tiene muy claro que la lengua francesa es fundamental para su futuro, no solo para poder continuar con su carrera literaria sino también “para que mi dolor permanezca para siempre en mi lengua materna”.  De hecho lo logrará, y conseguirá desde entonces emprender una nueva carrera literaria desde el momento que escribe “Los bosnios”, ya en francés, y cuya gestación narra también en este libro.

En el fondo esta novela, si se puede llamar así, no deja de estar escrita por alguien que entiende la literatura como su manera de ver el mundo, como su única bandera e identidad, y su lucha como exiliado no deja de ser la de conseguir una nueva voz, en una nueva lengua, donde seguir viviendo.


domingo, 15 de octubre de 2017

¿POR QUÉ DAMASCO?: ESTAMPAS PESIMISTAS DE UN DECANO







¿Por qué Damasco? Estampas de un mundo árabe que se desvanece, de Tomás Alcoberro. Editorial Diéresis.


No sé si los reporteros de guerra están en crisis, si los nuevos medios de comunicación van a acabar con ellos, pero lo dudo. El ciudadano exigente va a requerir siempre (o eso espero) de esa visión al pie de calle, algo literaria, del corresponsal de guerra. De quien convive día a día con víctimas y verdugos, que bebe con estadistas y fuma al lado de posibles terroristas.    

Pocas imágenes tan literarias habrá que sean a su vez tan cercanas a la realidad como la de estas personas que han convertido su vida en una auténtica aventura, hasta el punto de poder perecer por ello.

El articulismo de todos estos reporteros es, en ocasiones, todo un género en sí mismo, un lugar donde todo cabe: desde la visión poética del entorno que lo rodea y la memoria, hasta la fría geopolítica.  Con unos pocos párrafos consiguen hacer llegar al lector toda una amalgama de imágenes, lugares, sensaciones y olores que son suficientes para transmitirnos mucho más de lo que haría cualquier otra forma de comunicación, por muy inmediata que sea. Dudo mucho que con la inmediatez de ciertos medios actuales se consiga transmitir una visión más diáfana, pongamos por caso, de Oriente Medio que lo que han venido mostrando periodistas como, por ejemplo, Tomás Alcoberro cuando tenía que correr al télex más cercano para hacer llegar sus crónicas.

En este libro se recogen una serie de artículos escritos por Tomás Alcoberro para La Vanguardia y El País, centrados en el conflicto de Siria pero también en el Egipto post-Tahrir y, cómo no, en su amado Beirut, ese oasis que como él explica siempre acogió a los reporteros de todo el mundo.

El libro está estructurado de forma cronológica en función de su publicación, pero no se trata de crónicas que busquen la urgencia del momento sino que escarba en las ruinas y en la vida cotidiana de las personas que han vivido aquello para transmitirnos de forma diáfana y a pie de calle los acontecimientos y sus consecuencias.

Recuerda Alcoberro que Siria fue siempre un país inaccesible para él debido al férreo acceso para los ciudadanos y periodistas que pretendían entrar (tan diferente al de su amado Beirut), una dictadura nacida del nacionalismo árabe de inicios de los años 60 y que hasta finales del siglo pasado mantuvo un régimen que Alcoberro define en ocasiones de corte pseudo-soviético.

Nos recuerda cómo en los años 80 una rebelión de los Hermanos Musulmanes, heridos por un gobierno que “incitaba a los musulmanes al ateísmo” en ese estado árabe socialista y revolucionario, acabó en una masacre y llega a sentenciar que “la historia de Siria, (como en parte la de Egipto) es la de la lucha de los Hermanos Musulmanes por alcanzar el poder”. El integrismo musulmán, asegura, es el resultado entre otras razones del fracaso de la construcción de un Estado moderno en Oriente Medio.

Alcoberro recorre el país y nos muestra no sólo su enorme pluralidad de colectivos étnicos y religiosos sino también la importancia de las minorías dentro de la estructura social del país: cristianos de diferente obediencia religiosa, drusos, kurdos y en especial el papel preponderante en el poder de los alauís (de donde surgieron los Assad), considerados una secta herética por buena parte de la mayoría sunní. El papel que juegan todos ellos ha ido creciendo con el tiempo, y es reveladora el comentario que recoge Alcoberro cuando alguien le recuerda cómo “antes éramos baasistas, naseristas, comunistas, árabes y ahora somos suníes, cristianos, drusos….” Cómo la identidad religiosa ha suplido otra más ideológica, más occidental, que regía durante ciertas décadas del pasado siglo (y portadora también sin duda de enfrentamientos de todo tipo).

Visita ciudades devastadas como Homs (“la mayor destrucción de una ciudad en Oriente Medio”), Palmira, Raqa; nos recuerda las relaciones del país con Líbano; el peso de los ejes suní y chií, Saudí y Irán (al respecto de la primera nos recuerda en varias ocasiones su funesto papel en la expansión, desde los años ochenta del siglo pasado, del integrismo suní), pero también nos habla del Damasco sitiado, de cómo la cotidianidad resiste el día a día de la guerra: las bodas y las fiestas que no cesan, la atrevida lencería de sus mercados o sus series de TV, de gran éxito en todo el orbe árabe.

El libro lo complementan dos partes más, dedicadas a Egipto y al Líbano (fundamentales sin duda para tener una visión global del mundo árabe actual). En la primera nos transmite su pesimismo tras la llamada Primavera Árabe (en la que, como tantos otros que conocían esa realidad, nunca confió), su pesimismo ante un panorama que parece tener que elegir entre los Hermanos Musulmanes y el ejército, sus legiones de mendigos hacinados en cementerios o la pérdida ya irremediable del cosmopolitanismo de Alejandría.

De Líbano nos habla de su amado Beirut, cuidad abierta pero siempre en una encrucijada perpetua, en un equilibrio calculado entre comunidades (cristianos de diferente filiación, suníes, Hezbollá, la presencia cercana de Israel, al que se une el alud de nuevo refugiados sirios) que parece siempre a punto de estallar.

Este es en definitiva un libro fascinante  pero a su vez pesimista, porque la visión de este periodista, tras décadas de trabajo por todo Oriente Medio, es la de pesimismo por su futuro, nostalgia por un mundo que se desvanece y que parece transmitir una amarga sensación de fatalidad.

En el siguiente blog se pueden seguir los artículos que Tomás Alcoberro sigue escribiendo en La Vanguardia: http://blogs.lavanguardia.com/beirut/author/talcoverro


viernes, 6 de octubre de 2017

ESTOCOLMO NO AMA A MURAKAMI


La Academia Sueca del Nobel este año se ha superado a sí misma. A su ya manifiesta tendencia a desbaratar todos los pronósticos (si alguien es favorito alguna vez que sepa que no lo va a ganar) el año pasado se unió la novedad de premiar a alguien que no es escritor (Bob Dylan), cuando tantos escritores en el mundo viven encarcelados o con dificultades para poder expresarse. Muchos dibujantes de cómic (perdón: de novela gráfica), tal vez pensaron que esta vez sería su oportunidad, pero contra todo pronóstico, no ha sido así.

Esta vez la voluntad ha sido otra: joder a Murakami, eterno aspirante. Y lo ha hecho de la manera más cruel y retorcida que uno pueda pensar: premiando a un escritor inglés con apellido japonés (¡qué curioso, hasta tiene cara de japonés!), creador entre otras cosas de una de las novelas más inglesas que uno pueda echarse a la cara: Los restos del día.

La verdad es que nunca he leído a Murakami, tal vez por ese defecto snob y abiertamente estúpido de no querer leer a alguien por el simple hecho de ser popular. Recuerdo cómo en una librería barcelonesa una joven ataviada con vestimenta pseudogótica (o así la quiero recordar) confesaba a su compañero, mientras acariciaba el lomo de su último libro: “amo a Murakami, es mi dios”. Tal es la dimensión de su veneración.

No hay duda de que no dar el premio a Murakami va camino de convertirse en una tradición muy escandinaba, como ironiza Borges con la reiterada negativa de concederle el Nobel.

No sé qué deben estar tramando ya estos personajes de la Academia Sueca de cara al próximo año para aumentar el martirilogio del escritor japonés: tal vez dárselo a un compatriota suyo (no, demasiado visto), tal vez a un poeta de haikus, o mejor aún: a un dibujante de Manga. ¿Por qué no? Tal es la dimensión de su maldad.

jueves, 5 de mayo de 2016

RESPIRACIÓN ARTIFICIAL, DE RICARDO PÍGLIA


Respiración artificial, de Ricardo Piglia. Editorial Anagrama.


Se hace difícil reseñar este complejo "artefacto" literario. Y lo es por diferentes motivos: por sus peculiaridades formales, por los temas que pretende abarcar (muchos de los cuales serán recurrentes en este autor en el futuro: Borges, Arlt, la cultura argentina...), por la visión de la historia de su país, de la herencia europea que labra su cultura, a los que puede añadirse, además, la dificultad añadida que puede tener su lectura para un lector ajeno a buena parte de la historia de ese país y de su largo periplo de levantamientos y generales (tal vez comparable a nuestra lista de reyes godos).

La novela se inicia con un joven Emilio Renzi (el eterno personaje de Piglia que hace una de sus primeras apariciones con esta novela) que indaga en su pasado familiar y en particular en la oscura figura de su tío Marcelo Maggi, con quien no tarda en entablar una relación epistolar y que vive retirado en Concordia, Entrerríos, dedicado en cuerpo y alma desde hace tiempo a indagar el legado epistolar de Enrique Ossorio (que por una serie de vicisitudes llega a sus manos) y que fue secretario del general Rosas. En esas cartas intentará investigar en la atormentada vida de quien pasará a la historia como un traidor a su país y redimirlo de unas acusaciones que según sus averiguaciones pueden no ser del todo fundadas. La figura de Ossorio será a su vez la de la vida en el exilio (Chile, California, Nueva York....) y se acabarán por establecer paralelismos con el exilio de muchos europeos que a su vez recalaron en Argentina durante el siglo XX.

Toda esta primera parte de la novela se articula fundamentalmente alrededor de la correspondencia epistolar tanto entre Renzi y Maggi como en las cartas que escribió Ossorio a muy diversos remitentes, y que pretenden ser leídas por Maggi "como el reverso de la historia" y a partir de las cuales "trato de ser fiel a los hechos pero a la vez quisiera hacer ver el carácter ejemplar de la vida de esa especie de Rimbaud que se alejó de las avenidas de la historia para mejor testimoniarlas". Es esa probablemente una de las obsesiones de este libro: la indagación sobre el sentido de la historia, y particularmente la visión de la historia argentina, que llega a ser resumida en algún momento como "un monólogo alucinado, interminable,  del sargento Cabral en el momento de su muerte, transcrito por Roberto Arlt".

Hay también en esta primera parte una reivindicación del género epistolar, un "género anacrónico de una época donde los hombres todavía creían en la verdad de la palabra escrita" género a su vez "utópico por excelencia ya que anula el presente y hace del futuro el único lugar posible de diálogo". Y es que precisamente Maggi no cejará, en su reivindicación de Ossorio, de verlo como un desterrado que convierte su vertiginoso exilio en un "exceso utópico".

Toda esta primera parte llevará el críptico título de "Si yo mismo fuera el invierno sombrío", en referencia a un cuadro atribuido al pintor Franz Hals, cuadro que echando mando de internet uno descubre que no existe, aunque sí su supuesto autor: un pintor neerlandés del siglo XVII, maestro del retrato, y que por cierto retratará entre otros a Descartes, que pone título a la segunda parte del libro. Probablemente una de las tantas bromas y guiños que esconde Piglia.

En la segunda parte se abandona el género epistolar y Renzi viaja a Concordia en busca de Maggi. En la dilatada espera conoce a su amigo Tardewski (en quién es fácil entrever la figura de Gombrowicz, polaco como él) y su corte de compañeros, todos ellos exiliados de la vieja Europa de entreguerras que llegan a esta localidad de provincias como los restos de un naufragio y que representan en cierta manera la herencia europea de la cultura argentina. Aquí es donde Piglia (en boca de todos estos personajes) se recrea en diálogos (a veces más bien monólogos) sobre la historia cultural de su país, con especial hincapié en Borges y Arlt, y donde a la estela del Pierre Menard parece jugar con una visión a la vez borgeana de la obra del propio Borges (los anacronismos deliberados, las falsas referencias...) y que está en el trasfondo de los múltiples juegos literarios y guiños con los que se construye esta novela.

Todo ello sirve a su vez para darnos pie a la confesión de Tardewski a Renzi  de su más preciado secreto: haber descubierto, o acaso estar seguro de ello tras muchas indagaciones, de un encuentro que tuvo lugar en Praga hacia 1909 nada menos que entre Kafka y un desconocido Adolf Hitler, y de la influencia que las ideas de este tuvieron en la posterior obra del escritor judío tras unas probables o tal vez simplemente posibles conversaciones entre ambos, y que lo han convertido en lo que representa en la historia de la literatura. Conversaciones donde acaso entrevió esa "utopía atroz de un mundo convertido en una inmensa colonia penitenciaria". De hecho, según Tardewski "el genio de Kafka reside en haber comprendido que si esas palabras podían ser dichas, entonces podían ser realizadas". De esta manera se gestaría la posterior obra de Kafka, la que lo ha convertido en el autor reverenciado que es, y según nuestro personaje en "el autor que una relación más estrecha ha mantenido con su época".

No hay duda de que es esta una novela densa, llena de referencias históricas y literarias y de juegos de espejos que hacen sesuda su lectura, pero creo que en absoluto aburrida, a pesar de que sería necesaria una nueva lectura para poder acabar de hilar todo lo que Piglia nos quiere decir (si es que existe acaso tal intención y no estamos sencillamente ante un texto que pretende, precisamente, diversas lecturas).

viernes, 11 de septiembre de 2015

LOS ÁRABES DEL MAR, DE JORDI ESTEVA

Los árabes del mar, de Jordi Esteva. Ediciones Península (col. Altaïr viajes).
 
 
                                                          dhows en Bombay, 1890
 
 
Cuenta el autor que para él los árabes siempre han sido un pueblo de mar. Lejos del tópico del desierto, de pequeño ya soñaba con conocer ese mundo que recorrían los viajes de Simbad, el del indómito Índico surcado por los dhows árabes y que llegaron a dominar las rutas que iban desde Zanzíbar, en la costa africana, hasta la Índia y China.
 
Esta búsqueda la inició Esteva en los años setenta, visitando Sudán y los puertos del mar Rojo, donde se topa con los palacios de Sauakin, abandonados y expuestos a la intemperie del desierto, hasta la Arabia feliz, como ha sido siempre conocido el actual Yemen y su mítico reino de Saba. Ahí probablemente tomó conciencia de estar persiguiendo un mundo ya desaparecido pero que todavía contaba con testimonios que puedieran dar fé de su glorioso pasado.
 
Precisamente el gran logro de este libro, a diferencia de otros libros de viajes es que es la voz de todas esas personas que irá encontrando por el camino será el verdadero hilo conductor de este viaje, el que nos mostrará ese mundo perdido y olvidado. Y no nos importará tanto la veracidad o exactitud de las historias que nos cuenten, sino la fascinación que nos harán llegar sus palabras, y sentir así un leve atisbo de la fascinación que el mismo autor sintió probablemente al ver, a cada paso, cómo ese mundo ansiado desde la infancia se abría paso. 
 
Sin duda el conocimiento de la lengua y cultura árabes, junto con la hospitalidad de las personas que fue encontrando por su camino, partícipes de un Islam abierto y tradicional en el que el autor confiesa haberse sentido siempre cómodo, le abrió todas las puertas.
 
Años más tarde retoma el viaje, esta vez en Omán, que junto con Yemen es la patria de los que ellos mismos consideran "los auténticos árabes" a diferencia de los árabes del norte, el pueblo del desierto, de donde surgiría la figura de Mahoma y el Islam. De hecho otro tópico es vincular a los árabes con su actual religión mayoritaria: ciertamente esos árabes del sur ya era un pueblo que surcaba esos mares mucho antes, e incluso llegaron a emigrar en algunos casos a la costa africana que ya les era conocida (Zanaíbar, Lamu, Mombasa...) llevados en algún momento por el empuje de la nueva religión, aunque ellos no tardarían en adoptar también la nueva religión.
 
Durante siglos toda una serie de pueblos pretendió navegar por esos mares (griegos, romanos, bizantinos...) para comerciar con las especias y los productos que hicieron míticas esas tierras (incienso, mirra...) pero el inhóspito Índico siempre se les resistió, tan diferente del tranquilo Mediterráneo. De hecho se cuenta que el gran secreto de la navegación de los árabes por el Índico era el conocimiento que tenían de los regímenes de vientos relacionados con los monzones, y que les permitía moverse en una dirección u otra en cada época del año; se cuenta incluso que era un secreto celosamento guardado cuya revelación sería castigada con la muerte.
 
Tras un periplo por Omán, Esteva viaja a la costa africana de la actual Kenia y Tanzania, la llamada costa de los Zenj, donde visita Lamu, Mombasa, y en particular la mítica ciudad de Zanzíbar. Allí descubre una población árabe que con el tiempo ha acabado mezclada con la africana, hasta el punto de desconocer prácticamente el árabe (reservado para la liturgia musulmana y algunas frases de cortesía) y adoptar el suajili, una lengua bantú extendida por una amplia zona de África, a pesar de que los árabes ejercieran durante muchisímo tiempo (de hecho hasta el siglo XIX) el comercio de esclavos del interior del continente. Ese oscuro pasado estuvo en el trasfonodo de las matanzas de árabes durante la revolución de Zanzíbar de 1964, a pesar de ser esa población árabe, de hecho, el resultado de la relación secular con esclavos y esclavas liberados.
 
Como ya he comentado, es el viajero quien cede todo el protagonismo al viaje, a las gentes que hablan por sí mimas, y gracias e ello conocemos muchas interioridades de ese mundo tan lejano a nosotros en tantos aspectos, como la presencia constante en sus vidas de los yinns, esa especie de seres invisibles que, procedentes de prácticas y creencias pre-islámicas pueden adoptar diferentes formas, y que son capaces de condicionar y poseer a los humanos a voluntad.
 
"¡Qué mejor aventura que viajar a través de las personas!. Ir en busca de la memoria"
 
Cierto, y especialmente en un mundo donde la palabra, tanto la escrita (para ahuyentar a los yinns con los infalibes amuletos, por ejemplo, o las siempre presentes suras del Corán) como la tradición oral, son tan importantes.