jueves, 5 de mayo de 2016

RESPIRACIÓN ARTIFICIAL, DE RICARDO PÍGLIA


Respiración artificial, de Ricardo Piglia. Editorial Anagrama.


Se hace difícil reseñar este complejo "artefacto" literario. Y lo es por diferentes motivos: por sus peculiaridades formales, por los temas que pretende abarcar (muchos de los cuales serán recurrentes en este autor en el futuro: Borges, Arlt, la cultura argentina...), por la visión de la historia de su país, de la herencia europea que labra su cultura, a los que puede añadirse, además, la dificultad añadida que puede tener su lectura para un lector ajeno a buena parte de la historia de ese país y de su largo periplo de levantamientos y generales (tal vez comparable a nuestra lista de reyes godos).

La novela se inicia con un joven Emilio Renzi (el eterno personaje de Piglia que hace una de sus primeras apariciones con esta novela) que indaga en su pasado familiar y en particular en la oscura figura de su tío Marcelo Maggi, con quien no tarda en entablar una relación epistolar y que vive retirado en Concordia, Entrerríos, dedicado en cuerpo y alma desde hace tiempo a indagar el legado epistolar de Enrique Ossorio (que por una serie de vicisitudes llega a sus manos) y que fue secretario del general Rosas. En esas cartas intentará investigar en la atormentada vida de quien pasará a la historia como un traidor a su país y redimirlo de unas acusaciones que según sus averiguaciones pueden no ser del todo fundadas. La figura de Ossorio será a su vez la de la vida en el exilio (Chile, California, Nueva York....) y se acabarán por establecer paralelismos con el exilio de muchos europeos que a su vez recalaron en Argentina durante el siglo XX.

Toda esta primera parte de la novela se articula fundamentalmente alrededor de la correspondencia epistolar tanto entre Renzi y Maggi como en las cartas que escribió Ossorio a muy diversos remitentes, y que pretenden ser leídas por Maggi "como el reverso de la historia" y a partir de las cuales "trato de ser fiel a los hechos pero a la vez quisiera hacer ver el carácter ejemplar de la vida de esa especie de Rimbaud que se alejó de las avenidas de la historia para mejor testimoniarlas". Es esa probablemente una de las obsesiones de este libro: la indagación sobre el sentido de la historia, y particularmente la visión de la historia argentina, que llega a ser resumida en algún momento como "un monólogo alucinado, interminable,  del sargento Cabral en el momento de su muerte, transcrito por Roberto Arlt".

Hay también en esta primera parte una reivindicación del género epistolar, un "género anacrónico de una época donde los hombres todavía creían en la verdad de la palabra escrita" género a su vez "utópico por excelencia ya que anula el presente y hace del futuro el único lugar posible de diálogo". Y es que precisamente Maggi no cejará, en su reivindicación de Ossorio, de verlo como un desterrado que convierte su vertiginoso exilio en un "exceso utópico".

Toda esta primera parte llevará el críptico título de "Si yo mismo fuera el invierno sombrío", en referencia a un cuadro atribuido al pintor Franz Hals, cuadro que echando mando de internet uno descubre que no existe, aunque sí su supuesto autor: un pintor neerlandés del siglo XVII, maestro del retrato, y que por cierto retratará entre otros a Descartes, que pone título a la segunda parte del libro. Probablemente una de las tantas bromas y guiños que esconde Piglia.

En la segunda parte se abandona el género epistolar y Renzi viaja a Concordia en busca de Maggi. En la dilatada espera conoce a su amigo Tardewski (en quién es fácil entrever la figura de Gombrowicz, polaco como él) y su corte de compañeros, todos ellos exiliados de la vieja Europa de entreguerras que llegan a esta localidad de provincias como los restos de un naufragio y que representan en cierta manera la herencia europea de la cultura argentina. Aquí es donde Piglia (en boca de todos estos personajes) se recrea en diálogos (a veces más bien monólogos) sobre la historia cultural de su país, con especial hincapié en Borges y Arlt, y donde a la estela del Pierre Menard parece jugar con una visión a la vez borgeana de la obra del propio Borges (los anacronismos deliberados, las falsas referencias...) y que está en el trasfondo de los múltiples juegos literarios y guiños con los que se construye esta novela.

Todo ello sirve a su vez para darnos pie a la confesión de Tardewski a Renzi  de su más preciado secreto: haber descubierto, o acaso estar seguro de ello tras muchas indagaciones, de un encuentro que tuvo lugar en Praga hacia 1909 nada menos que entre Kafka y un desconocido Adolf Hitler, y de la influencia que las ideas de este tuvieron en la posterior obra del escritor judío tras unas probables o tal vez simplemente posibles conversaciones entre ambos, y que lo han convertido en lo que representa en la historia de la literatura. Conversaciones donde acaso entrevió esa "utopía atroz de un mundo convertido en una inmensa colonia penitenciaria". De hecho, según Tardewski "el genio de Kafka reside en haber comprendido que si esas palabras podían ser dichas, entonces podían ser realizadas". De esta manera se gestaría la posterior obra de Kafka, la que lo ha convertido en el autor reverenciado que es, y según nuestro personaje en "el autor que una relación más estrecha ha mantenido con su época".

No hay duda de que es esta una novela densa, llena de referencias históricas y literarias y de juegos de espejos que hacen sesuda su lectura, pero creo que en absoluto aburrida, a pesar de que sería necesaria una nueva lectura para poder acabar de hilar todo lo que Piglia nos quiere decir (si es que existe acaso tal intención y no estamos sencillamente ante un texto que pretende, precisamente, diversas lecturas).

2 comentarios:

David Pérez Vega dijo...

Hola:

Leí esta novela hace ya muchos años. Ahora que me he acercado a Los diarios de Emilio Renzi me ha apetecido volver a leerla. A ver si me pongo.

Me ha gustado la reseña.

Saludos
David Pérez

JOAQUIM dijo...

Sí, la verdad es que es un "artefacto" lleno de referencias de todo tipo y con diversas lecturas. Ahora que hemos perdido a Piglia es momento de recuperarlo. De todas maneras me da la impresión que no está teniendo por aquí el reconocimiento que merecería.

Un saludo.